Adolfo Federico de Suecia muere tras un festín excesivo en 1771

12/02/2026 00:00 | 2 min de lectura

Adolfo Federico de Suecia muere tras un festín excesivo en 1771

Adolfo Federico de Suecia, monarca cuyo reinado fue marcado por su carácter pasivo y su afición por la gastronomía, falleció en 1771 tras participar en un banquete excesivo en el Palacio de Estocolmo. La comida copiosa, que incluyó langostas, caviar, carne de pato, y catorce bollos de semla, culminó con una autopsia que determinó que murió por un cólico violento y espasmos abdominales, interpretados en su momento como resultado de una indigestión.

El rey, que había accedido al trono en 1751 tras un largo proceso genealogico y político, fue recordado sobre todo por su tendencia a organizar grandes cenas en el palacio, en lugar de gobernar activamente. Su reinado, que duró casi veinte años, estuvo marcado por un liderazgo débil, en el que el Parlamento sueco tomaba la mayoría de las decisiones importantes.

El 12 de febrero de 1771, Día de Fat Tuesday en Suecia, Adolfo Federico celebró un amplio banquete en el marco de las tradiciones previas a la Cuaresma. La velada incluyó diversos manjares y muchas copas de champán, la bebida favorita del monarca. Durante el festín, el rey comió catorce semlas, bollos rellenos de crema de almendras, en rápida sucesión, lo que generó su colapso y posterior muerte horas después.

La autopsia indicó que su muerte pudo estar relacionada con problemas gastrointestinales, pero también se han sugerido posibles causas alternativas, como un derrame cerebral o un infarto, dada su salud precaria y antecedentes médicos. La crónica de su fallecimiento y su autopsia, así como el relato del poeta Johan Gabriel Oxenstierna, señalan que la causa principal fue una indigestión provocada por su excesivo consumo de comida.

Tras su fallecimiento, sus restos fueron sepultados en la iglesia de Riddarholmen, en Estocolmo. Su hijo Gustavo, que se encontraba en París, foz reclitado como rey y terminó recuperando el poder político del Parlamento, tras el éxito que su padre nunca logró en vida.

Independientemente de las causas exactas, la historia de Adolfo Federico se ha quedado como la de un rey que murió tragado por su propia voracidad, una paradoja en un mundo donde millones pasan hambre y su memoria persiste en la cultura popular como símbolo de exceso y descuido.

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