¿Alguna vez te has preguntado por qué pensamos, sentimos y actuamos de formas tan distintas? La respuesta, según puede revelar una de las investigaciones más profundas del neurocientífico británico Iain McGilchrist, reside en la dualidad de nuestro cerebro.
Estudios de décadas en el campo de la neurociencia han llevado a McGilchrist a desafiar las concepciones tradicionales sobre el cerebro humano. En su libro, 'El Maestro y su emisario', explica que nuestros dos hemisferios —el izquierdo y el derecho— tienen orientaciones funcionales distintas: el izquierdo se centra en analizar detalles, la lógica y lo concreto, mientras que el derecho privilegia la percepción del panorama completo, la creatividad y la intuición.
Pero lo más fascinante es que McGilchrist enfatiza que estos hemisferios no trabajan en aislamiento, sino que ambos participan en todas nuestras actividades, aunque de maneras radicalmente diferentes. ¿Has pensado cómo esta dualidad afecta tu día a día? Por ejemplo, al intentar pinchar un guisante con un tenedor, tu hemisferio izquierdo piensa en la tarea concreta, en el objetivo, mientras que el derecho observa el entorno, a los otros comensales, las posibles consecuencias.
Este contraste no solo opera a nivel individual; también influye en cómo funciona la sociedad. Una comunidad que privilegia el hemisferio izquierdo puede acabar sacrificando la empatía, descuidando el medio ambiente y tomando decisiones egoístas. En cambio, una sociedad guiada por el hemisferio derecho buscaría un bienestar colectivo, estrategias más equitativas y una atención más consciente.
¿Y qué distingue a estos hemisferios? McGilchrist afirma que la atención es la diferencia esencial. La forma en que prestamos atención y nuestra actitud frente a las cosas determinan cómo las percibimos y reaccionamos. En palabras del autor, “la diferencia más fundamental entre los hemisferios radica en la atención que prestan al mundo”. Además, recuerda que “las cosas cambian según la actitud que adoptemos, la clase de atención que les prestamos”. Esto sugiere que somos arquitectos de nuestro propio destino, capaces de influir en cómo interpretamos la realidad.
Su libro, traducido por Dulcinea Otero-Piñeiro y titulado 'El Maestro y su emisario', está organizado en dos partes que reflejan la misma división cerebral. La primera parte expone los avances científicos más recientes sobre la estructura y funcionamiento del cerebro, incluyendo sus aplicaciones en artes como la música y la literatura. Aquí McGilchrist recalca que lo importante no es solo la función de cada hemisferio, sino cómo abordan sus tareas.
La segunda parte, pensada para quienes no tienen formación en ciencias, analiza el papel de los hemisferios en el desarrollo de la cultura occidental, desde la Grecia antigua hasta hoy.
Pero no todo es optimismo. McGilchrist advierte que en épocas pasadas, las tendencias individualistas del hemisferio izquierdo estaban balanceadas por una conexión con la naturaleza, la religión y el arte. Sin embargo, en el presente, estas conexiones se han desplazado, dejando un mundo más mecanicista, fragmentado y vacío; marcado por un optimismo irreal y una creciente paranoia.
¿La solución? McGilchrist propone buscar el equilibrio entre ambos hemisferios. Subraya que tanto las ciencias como las artes son hijas de esa dualidad, y que el valor fundamental de la ciencia está en la atención paciente y detallada al mundo, que nos ayuda a entender quiénes somos y cómo interpretamos la realidad.
La obra también hace referencia a una fábula atribuida, con dudas, a Nietzsche. En ella, un maestro que gobierna un feudo delega el poder en emisarios, uno de los cuales termina usurpando el control y conduciendo a la ruina. Esta alegoría ilustra cómo, si una parte del cerebro o de la sociedad acumula poder de forma desmedida, las consecuencias pueden ser devastadoras para el conjunto.
En definitiva, McGilchrist nos invita a reflexionar: ¿Estamos dejando que una parte de nuestro cerebro o sociedad tome el control, y qué pasaría si logramos equilibrar ambas?