El bombardeo de Cabra en 1938: una herida abierta en la memoria de la Guerra Civil Española

07/02/2026 00:00 | 4 min de lectura

El bombardeo de Cabra en 1938: una herida abierta en la memoria de la Guerra Civil Española

El 7 de noviembre de 1938, en plena agonía de la Guerra Civil Española, la ciudad de Cabra, en Córdoba, fue víctima de un bombardeo aéreo realizado por la aviación republicana, dejando más de un centenar de civiles muertos y un impacto humano que aún permanece silenciado. La ofensiva, comparable al símbolo mundial de Guernica, fue una acción que ha quedado relegada a la historia como una de las tragedias más invisibilizadas del conflicto.

A aquella mañana, el cielo despejado y sin indicios de peligro, Cabra no era un objetivo militar estratégico. La ciudad, una comunidad civil con mercado, calles estrechas y niños en las escuelas, fue atacada por tres bombarderos Tupolev SB-2, conocidos como 'Katiuskas', que bombardeaban indiscriminadamente en zonas residenciales y comerciales. Las bombas causaron la muerte de mujeres, ancianos y niños, y dejaron heridos en una tragedia que superó las cifras y las interpretaciones oficiales.

El debate sobre por qué Cabra fue bombardeada persiste, ya que la acción ocurrió en un contexto de desesperación, con la República en retirada y buscando desorganizar al enemigo en la retaguardia. La inteligencia republicana consideró a Cabra, un centro secundario de comunicaciones y comercio, como un objetivo válido, aunque en realidad, la ofensiva fue resultado de errores aliados a informaciones defectuosas. La estrategia de bombardear civiles, sin objetivos claros, evidencia los límites y los horrores de la guerra aérea.

A nivel simbólico, la comparación con Guernica resuena. Mientras que Guernica fue un ataque planificado de la Legión Cóndor alemana en apoyo al bando nacional, cuya imagen quedó inmortalizada en la pintura de Picasso y en la memoria global, Cabra quedó relegada al silencio oficial y al olvidó. A diferencia del pueblo vasco, que conservó sus ruinas como memoria del horror, Cabra fue reconstruida, y con ella, su huella quedó menos visible y menos reconocida.

Esta diferencia refleja decisiones políticas:Belchite, en Aragón, permaneció en ruinas como símbolo de la barbarie republicana, mientras que Cabra fue restaurada para retomar su normalidad, borrando con ello las heridas visibles. La política y la historia han definido la memoria: unas ruinas se mantienen como monumentos, otras se reponen para minimizar el impacto y evitar cuestionamientos.

El origen del bombardeo no fue un acto de sadismo ni una política sistemática de exterminio, sino una consecuencia de decisiones por desesperación, apoyadas en información errónea. Desde entonces, se ha sabido que atacar una ciudad civil sin confirmación clara de objetivos militares es moralmente condenable. La experiencia de Guernica, Durango y otros ataques previos sirvió como advertencia clara.

Hoy, a casi noventa años, Cabra permanece viva, con su rutina y sus recuerdos fragmentados, sin grandes museos ni cuadros universalmente conocidos, pero con placas, investigaciones y testimonios que recuperan esas voces silenciadas. La historia de Cabra desafía los relatos heroicos, exhibe las heridas que aún sangran y recuerda que la guerra no es solo un enfrentamiento entre bandos, sino una tragedia que involucra a toda la población civil en la retaguardia.

Expertos como el historiador Antonio Barragán Moriana destacan que el ataque ocurrió sin advertencias, en plena actividad cotidiana y sin refugios adecuados, lo que explica la alta mortalidad. Los testimonios, como el de María Luisa Arjona, quien a los doce años sufrió en primera persona el bombardeo, reafirman la impresión de inseguridad y vulnerabilidad de aquella población.

Desde una perspectiva académica, autores como Paul Preston y Ángel Viñas coinciden en que el bombardeo fue un error militar y un desastre moral, evidenciando cómo la República recurrió a acciones que contradicen sus principios en situaciones límites.

Incluir la historia de Cabra en la narrativa de la Guerra Civil Española no busca relatar una versión alterada, sino completar la visión del conflicto. La percepción de que unas heridas son más visibles que otras refleja cómo la memoria se construye, administra y utiliza políticamente. La historia no solo es lo ocurrido, sino lo que se decide contar y cómo se cuenta.

El ejemplo de Cabra interpela al presente, demostrando que el olvido es a menudo una elección incómoda, y que recordar implica aceptar la complejidad y las sombras del pasado. La ciudad muestra que el sufrimiento civil fue una constante que trasciende bandos y que la guerra, más allá de las etiquetas, genera heridas abiertas que aún demandan reconocimiento y justicia. La memoria de Cabra, a diferencia de otros símbolos, no busca la fama, sino la verdad y el reconocimiento de una tragedia concreta, con nombres, rostros y testimonios que merecen ser recuperados y respetados.

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