El Mundial de México 86 es recordado como uno de los más memorables en la historia del fútbol, con actuaciones emblemáticas y partidos históricos. Sin embargo, para la selección de Portugal, esta edición estuvo marcada por una profunda crisis interna conocida como el “Caso Saltillo”, que afectó seriamente su resultado y dejó una huella duradera en el fútbol portugués. La crisis se desencadenó por incidentes de indisciplina, conflictos logísticos y problemas administrativos que derivaron en una serie de sanciones deportivas y una profunda reestructuración institucional.
Antes de su participación en México, Portugal había tenido una breve historia en Copas del Mundo, con una sola clasificación anterior en 1966, cuando terminó tercero en Inglaterra bajo el liderazgo de Eusebio. La clasificación para 1986 generaba expectativas altas tras su buen desempeño en la Eurocopa de 1984, en la que dejó una buena impresión y avanzó a semifinales.
Durante las eliminatorias para el Mundial, Portugal logró su pase tras superar a Alemania Federal en un partido histórico en Stuttgart, y destacaba la aparición de Paulo Futre como uno de los talentos emergentes en Europa. La convocatoria a la selección nacional para México estuvo compuesta principalmente por jugadores de los clubes Benfica, Porto y Sporting de Lisboa.
Sin embargo, los problemas internos comenzaron antes de partir hacia México. El primer escándalo ocurrió cuando el defensor Veloso, del Benfica, dio positivo en un control antidopaje y fue excluido del equipo, situación que generó tensiones entre la Federación, la selección y los clubes. Además, la logística del viaje resultó problemática: la delegación portuguesa tuvo que realizar varias conexiones desde Lisboa a Saltillo, pasando por Frankfurt y Dallas, en condiciones agotadoras que afectaron su preparación.
Las condiciones en Saltillo también fueron motivo de queja. Los futbolistas criticaron el estado del campo de entrenamiento y la excesiva seguridad en el hotel La Torre, al punto de bautizarlo como “A Fortaleza”. Incidentes de indisciplina, como entregas de dinero a residentes en la frontera con Estados Unidos que nunca regresaron con los encargos, agravaron aún más la tensión entre jugadores y dirigentes.
El caos se desató el 25 de mayo, cuando los futbolistas, liderados por el capitán Manuel Bento, decidieron negarse a entrenar, rechazar un amistoso contra un equipo local y amenazar con no jugar el primer partido contra Inglaterra si no se cumplían sus demandas económicas. La situación fue ampliamente difundida, generando escándalo internacional por las fiestas, llamadas y comportamientos indebidos en Saltillo.
Portugal debutó contra Inglaterra el 3 de junio, logrando un empate 0-0 en un partido muy físico, pero la lesión del capitán Manuel Bento dos días después complicó aún más el desempeño del equipo. En su segundo partido, Portugal cayó 1-0 ante Polonia, y en el último encuentro fue derrotada 3-1 por Marruecos, que se convirtió en la primera selección africana en avanzar a la segunda ronda en una Copa del Mundo.
La eliminación en la fase de grupos provocó una fuerte crisis institucional. La Federación Portuguesa de Fútbol sancionó de por vida a siete jugadores, incluyendo a Diamantino y Fernando Gomes, aunque estas sanciones fueron posteriormente relajadas. La decepción llevó a reformas en la estructura del fútbol nacional, con énfasis en el desarrollo juvenil, que pronto dieron frutos a largo plazo.
El “Caso Saltillo” significó un punto de quiebre que ayudó a Portugal a superar su fragmentación interna, impulsar programas de cantera y mejorar sus resultados internacionales en las décadas siguientes. La generación de futbolistas que emergió tras estos sucesos llevó a Portugal a consolidar una presencia constante en las Copas del Mundo desde 2002, con nombres como Cristiano Ronaldo y Bernardo Silva, y a obtener resultados destacados, incluido un campeonato europeo en 2016.