La irritabilidad por hambre, comúnmente conocida como 'mal humor por hambre', no afecta igual a todas las personas. Algunas experimentan cambios de ánimo mínimos, mientras que otras se vuelven irascibles ante la simple demora en la comida. Estudios recientes liderados por el profesor Nils Kroemer, de la Universidad de Tubinga y la Universidad de Bonn, exploran las causas de estas diferencias y destacan el papel de la percepción corporal en la regulación emocional.
Según Kroemer, la clave reside en la interocepción, la capacidad de percibir las señales internas del cuerpo. Personas con una interocepción precisa logran anticipar la caída de energía y gestionar mejor sus emociones, diferenciándose de quienes no detectan estas señales a tiempo y se sorprenden por su irritabilidad. Un estudio con 90 adultos sanos, que monitoreó niveles de glucosa y estado emocional, encontró que el mal humor solo surgía cuando la persona era consciente del hambre, no por la baja de glucosa en sí.
El proceso cerebral que regula esta respuesta implica al hipotálamo, encargado de detectar la falta de energía, y a la corteza insular, responsable de convertir esas señales en conciencia. Cuando ambas áreas funcionan correctamente, la reacción emocional se ajusta a la necesidad física. En caso de fallas en este circuito, debido a factores genéticos, estrés o falta de entrenamiento, la respuesta puede ser impulsiva y desproporcionada.
Este fenómeno es especialmente evidente en los niños pequeños, que aún no desarrollan completamente su percepción interna, por lo cual muestran más pataletas ante el hambre. En adultos, los hábitos acelerados, el estrés y las distracciones dificultan la identificación de la disminución de energía, provocando episodios de irritabilidad inesperados. Además, factores como la genética, experiencias tempranas y el entorno influyen en la sensibilidad al hambre y la reacción emocional.
El estilo de vida también es determinante. Saltarse comidas, dietas estrictas o horarios irregulares aumentan la probabilidad de experimentar mal humor ante el hambre, mientras que una alimentación ordenada y ejercicios físicos constantes contribuyen a mantener niveles estables de energía y mejorar la percepción corporal.
El entorno social y familiar puede modificar esta respuesta: en contextos donde la comida se usa como recompensa o consuelo, la tolerancia ante la espera disminuye. Asimismo, sociedades que organizan mejor sus pausas para comer, favorecen una menor incidencia del mal humor por hambre. Reconocer las señales del cuerpo y atender las necesidades físicas resulta fundamental para minimizar conflictos y mejorar las relaciones interpersonales.
Kroemer advierte que no atender a las necesidades fisiológicas puede generar conflictos familiares, laborales y decisiones impulsivas. Por ello, especialistas recomiendan mantener horarios regulares de alimentación, escoger alimentos que liberen energía de forma sostenida y practicar la atención plena hacia las señales internas. Comprender cómo la percepción corporal influye en la gestión emocional ayuda a promover hábitos saludables y disminuir episodios de irritabilidad relacionados con el hambre.