La Generación Z, que creció en un entorno de alta conectividad digital, está adoptando activamente herramientas que le permitan controlar su relación con los teléfonos móviles. La tendencia del 'detox digital' ha impulsado la aparición de dispositivos y aplicaciones que ayudan a reducir el tiempo en redes sociales, incluso mediante funciones pagadas que limitan el acceso a plataformas altamente adictivas. Entre los productos destacados se encuentra Bloom, un dispositivo lanzado en 2024 por dos estudiantes universitarios, que consiste en una tarjeta de acero inoxidable de aproximadamente 39 dólares, diseñada para bloquear aplicaciones seleccionadas mediante emparejamiento con una app. La interacción requiere tocar la tarjeta con el teléfono para bloquear o desbloquear apps, permitiendo programar pausas breves y romper con el hábito automático de desplazarse sin pensar. Giancarlo Novelli, cofundador de Bloom y estudiante de UCLA, explicó que el producto busca combatir su propia dificultad para concentrarse por uso excesivo del teléfono y comparó la adicción digital con la historia del tabaquismo en el siglo XX, señalando que aún se requiere tiempo para comprender sus riesgos. Además de Bloom, existen otras opciones como Brick, un dispositivo que cuesta 59 dólares y que también exige contacto físico para desbloquear aplicaciones específicas. Kristian del Rosario, abogada e influencer neoyorquina, afirmó que el uso de Brick ha mejorado su productividad y rutina nocturna, ya que obliga a una acción consciente para acceder a las apps y fomenta decisiones más meditadas. A diferencia de las funciones habituales de control de tiempo en los teléfonos, estos dispositivos promueven una interacción más reflexiva, ayudando a evitar el impulsivo uso impulsivo y facilitando una rutina más saludable, especialmente en la noche. La aceptación de estos productos refleja también un interés cultural por objetos tangibles en la vida cotidiana, como vinilos o notas escritas a mano, buscando un equilibrio entre lo digital y lo físico. Estudios como el de la Universidad de Alberta en 2025 relacionan el uso excesivo de redes sociales con síntomas de ansiedad y depresión, aunque los impactos varían según los patrones individuales de consumo. Mientras tanto, en la industria tecnológica, figuras como Adam Mosseri, director de Instagram, niegan que las plataformas sean adictivas en un sentido clínico, aunque reconocen que existen usos problemáticos. Bloom asegura haber vendido más de 60,000 unidades, y otros competidores también reportan crecimiento constante. Sin embargo, persiste la paradoja de que muchos jóvenes conocen estos productos a través de las propias redes sociales que pretenden limitar, generando dudas sobre si se trata de una tendencia genuina o de una moda impulsada por influencers que mantienen su presencia online. Para Novelli, el reto no es eliminar las redes sociales, sino aprender a regular su uso de manera personalizada; los dispositivos de bloqueo son solo una herramienta más en el camino hacia un consumo digital más equilibrado, cuyo éxito final depende del compromiso individual de cada usuario con sus propios hábitos digitales.