Durante la posguerra en Londres, el médico y epidemiólogo británico Jeremiah Noah Morris realizó un hallazgo que revolucionó la medicina: las personas activas tenían menor riesgo de enfermedades cardiovasculares y una mayor expectativa de vida. Este descubrimiento, divulgado en 1953 en la revista The Lancet, sentó las bases de la epidemiología de la actividad física y confirmó que el ejercicio regular, incluso en tareas cotidianas, puede prolongar la salud.
Morris, quien dedicó sus últimos años a promover un envejecimiento saludable, observó en la calle que conductores de autobuses sentados largas horas y trabajadores activos que subían escaleras tenían diferencias significativas en salud cardiovascular. Sin embargo, su hipótesis fue inicialmente resistida por la comunidad científica, debido a que parecía demasiado simple, confiando en lo cotidiano y en movimientos básicos.
Décadas después, el doctor argentino Carlos Vozzi, ilustrado en Filosofía y activo en competencias de waterpolo en categorías máster, retoma y amplía ese legado desde la práctica clínica y la experiencia personal. Para Vozzi, el valor del hallazgo de Morris radica en el cambio de paradigma que promovió: el movimiento no necesita ser necesariamente un deporte de alto rendimiento, sino un acto de cuidado y equilibrio para el cuerpo y la mente.
Vozzi diferencia claramente entre actividad física, ejercicio y deporte, destacando que cada concepto implica distintos riesgos y beneficios. En su trabajo, enfatiza que la práctica debe adaptarse a las características individuales de cada persona, especialmente en adultos mayores, evitando programas uniformes que no consideren la historia, límites o necesidades particulares.
Este enfoque individualizado y cuidadoso se alinea con la idea original de Morris, quien mostró que el simple acto de moverse puede proteger el corazón y retrasar la enfermedad. Hoy, en un contexto marcado por el sedentarismo y las exigencias físicas extremas, Vozzi actualiza esa premisa, insistiendo en que la constancia, la sostenibilidad y el cuidado del movimiento son clave para una vida larga y saludable.
El compromiso de Vozzi con la actividad física se refleja en su propia vida: a sus 73 años, continúa jugando waterpolo y participando en competencias internacionales, integrando deporte, identidad y continuidad social en su día a día. La coherencia entre su práctica y su investigación es un ejemplo vivo de que el movimiento, llevado con respeto y personalización, puede ser una poderosa herramienta de bienestar.
Por su parte, Morris mantuvo una rutina activa a lo largo de su vida, promoviendo la caminata regular y destacando el valor psicológico y social de desplazarse a pie, incluso en una era donde hacer ejercicio era una práctica poco común. Sus estudios y acciones contribuyeron a entender que el ejercicio no debe ser un acto heroico, sino una inversión en salud pública, capaz de transformar hábitos y políticas sociales.
El diálogo entre Morris y Vozzi refleja una misma visión: el movimiento es esencial y beneficioso, pero su práctica debe ser equilibrada y adaptada a cada persona. En un escenario donde la longevidad aumenta y las enfermedades crónicas representan un desafío, ambas perspectivas subrayan que la forma en que nos movemos puede marcar la diferencia entre salud y daño, entre una vida larga y una plena.