En la colonia menonita Nueva Esperanza, ubicada en Guatraché, La Pampa, María Unger Reimery, de 34 años, relata su historia como la primera mujer en escapar de las estrictas leyes y abusos de la comunidad. María consiguió liberarse en 2019 tras años de maltratos físicos, psicológicos, amenazas y control extremo por parte de su ex pareja, miembro de la comunidad. Actualmente reside en Tucumán con su pareja y su hija menor, tras haber perdido el contacto con sus otras dos hijas, de 12 y 15 años, quienes permanecen en La Pampa bajo la tutela del padre y la comunidad.
Desde su salida, María ha denunciado violencia física, amenazas de muerte, secuestro y restricción de derechos. El fin de semana pasado, sufrió una agresión brutal por parte de su ex esposo, quien la golpeó y la amenazó de muerte en presencia de sus hijas, cuando intentaba facilitar el encuentro entre ellas y su padre. La agresión la dejó con lesiones visibles y en shock, además de denunciar que fue víctima de un intento de abuso sexual. Tras acudir al hospital y presentar la denuncia correspondiente, fue víctima de la sustracción de sus hijas por parte de miembros de la comunidad menonita, quienes las llevaron en una camioneta sin su consentimiento.
Las autoridades judiciales locales no tomaron medidas restriccionales inmediatas, lo que permitió que el padre y otros integrantes de la comunidad se llevaran a las menores. María interpuso denuncias por sustracción y protección, mientras que la abogada Karina Lucía Álvarez Mendiara acompaña su caso, señalando que las niñas están amenazadas y que existe riesgo de daño. La comunidad menonita, que desde 1986 agrupa a unas 2 mil personas dedicadas a tareas agrícolas y artesanales, mantiene leyes internas y control social estrictos, que incluyen la prohibición de hablar español libremente, el uso de celulares y la participación en política.
María relata que desde niña aprendió a obedecer y ocultar su verdadera situación, y que la presión social, familiar y religiosa la mantuvo en silencio durante años. La violencia y el control en su relación la llevaron a decidir escapar, dejando a sus hijas en la comunidad para protegerlas. La propia comunidad la persigue y la hostiga, incluso a distancia. María enfatiza que su denuncia busca dar voz a las víctimas y advertir sobre las vulneraciones a los derechos humanos en estas comunidades cerradas, donde las mujeres y los niños son sometidos a un rígido control que limita sus libertades básicas.