El comienzo del ciclo escolar en México trae nuevamente a la discusión temas como el bullying, los problemas en la lectoescritura y los desafíos en la convivencia escolar, en un contexto permeado por las problemáticas digitales y sociales que afectan a estudiantes y docentes. Este período redefine las comprensiones tradicionales del acto educativo, enfrentando cuestionamientos sobre qué y cómo se enseña, así como las dinámicas de relación en el entorno escolar.
El artículo señala que la estructura normativa del sistema educativo ha quedado obsoleta, no por la influencia del uso de celulares, sino porque la pedagogía y la organización escolar no afrontaron, antes de su aparición, los problemas y cambios en la comunicación y el aprendizaje. La generación que inventó la tecnología móvil también desarrolló nuevas formas de lectura, especialmente las relacionadas con imágenes, símbolos y memes, en un proceso definido como ‘multialfabetización’, que demanda habilidades de decodificación rápida estimuladas por la tecnología y el mercado laboral.
Esta aceleración en los ritmos de vida y aprendizaje genera una desconexión con los procesos reflexivos, provocando agotamiento y una sensación de confusión ante la abrumadora cantidad de información accesible en línea. La dependencia de la inteligencia artificial para resolver problemas y la tendencia a buscar respuestas inmediatas refuerzan un modo de existencia orientado solo al “seguir”. Paralelamente, los dispositivos y las redes virtuales consolidan un espacio virtual que refuerza certezas y esquemas de pensamiento, pero también desordena la atención y favorece la hiperactividad, agravando problemas como el déficit de atención en las aulas.
En el ámbito familiar, la percepción de dificultades escolares lleva a que la escuela sea vista como la principal responsable, aunque en realidad la relación es más compleja. La idea de que la familia “educa” y la escuela “enseña” como funciones separadas contribuye a un resquebrajamiento de la colaboración. El desafío actual es que ambos ámbitos se reconozcan como complementarios, en contextos en los que la crianza se busca simplificar a un camino de placer y menor resistencia, en medio de un cansancio generalizado.
El texto destaca que las normas y valores tradicionales están en crisis, lo que dificulta su sostenibilidad. La protección de la fraternidad, la igualdad y la libertad exige una visión integrada que evite fragmentaciones, ya que la pérdida de una de estas dimensiones afecta toda la estructura social. La escuela, consciente de estas rupturas, debe construir nuevas lógicas que incorporen el desarrollo humano, las tecnologías y los análisis críticos de sus usos.
La diversidad en la comunidad educativa refleja la presencia del otro como una posibilidad de enriquecimiento y transformación. La experiencia del aprendizaje debe promover la convivencia y la reflexión, entendiendo el aula como una extensión del cuerpo del estudiante y del docente, que fomente la seguridad física y emocional.
Finalmente, el rol del docente se centra en el acto de señalar, que implica dirigir la atención, abrir caminos de percepción y aprendizaje. Este gesto de señalar no solo orienta, sino que también invita a la presencia y a la participación activa del estudiante en su propio proceso de conocimiento. La tarea educativa, en ese sentido, requiere sensibilidad para detectar y activar los puntos de atención que permitan ampliar los horizontes del estudiantado en un mundo en constante ruptura.